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Protocolo y más... | 14 de October de 2011

El Arte de ser Invitados

El Arte de ser Invitados

Alguna vez leí algo parecido a que la gratitud es una virtud mágica: puede transformar una casa en un hogar, una cena en un banquete y a un extraño en un amigo. Es un sello de nuestra humanidad; saca nuestra vida de la ignorancia y el aislamiento.

Extendemos nuestra amabilidad a otra persona, quien a su vez responde con sinceridad y aprecio. Y a diferencia de una transacción comercial, es cálida libre y espontánea. No tiene ataduras.

Es irónico que en muchas fábulas, a menudo sea asignada como una virtud animal, tal vez para parodiar la animalidad que yace debajo de nuestra apariencia humana.

Me gustaría que fuese también una virtud del invitado a una fiesta; quien en lugar de cuestionar si el menú era lomo, pollo o cordero patagónico, pudiese recordar y vivenciar que  la celebración está por encima de cualquier componente estético o gastronómico y que el ?convite? real es compartir uno de los momentos más célebres en la vida de las dos personas que se casan y sus familias.

Qué triste que con frecuencia suceda lo contrario, que en lugar de agradecer sinceramente el haber sido agasajados con la invitación, sin importarnos en absoluto los recursos involucrados, nos dejemos arrasar por un tsunami de comparaciones con otros casamientos a los que asistimos,  criticando si las flores eran unas humildes margaritas o unos pretenciosos pimpollos de rosas.

En el budismo, la gratitud es prima hermana de la compasión y juntas funcionan para entender el lugar, esfuerzo y tiempo de las personas y experiencias que nos rodean.

No perdamos de vista el Norte, que en este caso quiere decir qué estamos festejando: la unión de dos personas, la formación de una familia, la decisión de compartir el futuro, dos que deciden que serán mejor personas juntos en lugar de separados.

¿Qué más se puede pedir?  Poco debería importarnos si el brindis es con champaña francesa o con agua mineral con gas, si la mantelería repitió los colores de los últimos veinte casamientos que fuimos o si fueron telas que respondían al último grito de la moda europea.

Concentrémonos en nuestro rol de invitados, que es el de agradecer y disfrutar que los protagonistas de la noche hayan tenido la amorosa decisión de vivirla con nosotros.

Cierro los ojos y degusto,

explorando, aprendiendo,

sabiendo y aún convirtiendo

en gusto el disgusto.

Cierro los ojos y huelo las rosas,

los azares, las gardenias,

el incienso, los aceites.

Todo esto me sucede

cuando me siento un rato en silencio.

Cerrando los ojos y abriendo el corazón.

Así, permitiéndole a mi vida

tener de cómplice a los sentidos.

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Victoria | 15 de October

Hermosa nota!!!!! Y muy cierta!

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